Es muy común escuchar esta frase en circunstancias de adversidades, cuando alguien se enfrenta a fuerzas "superiores" de las cuales se siente subordinado. En el contexto universitario define muchas veces la relación entre alumnos y profesores.

Si el docente comete algún tipo de atropello en contra del alumno esta "premisa" será uno de los primeros argumentos que surgirán en labios de compañeros que ya han intentando exigir sus derechos y han fracasado. De esta forma el aula se transforma en un enorme "guacal", en donde aquel huevo que quizás llegaría a polluelo quedara como un "aborto" mas.

Cabría preguntarse como si los huevos son mayores en número pueden sucumbir ante la piedra. Pueden mencionarse varias razones: miedo, respeto, subordinación, ignorancia, etc., pero ante todo está el absurdo individualismo en el que los huevos viven sumidos, entendiendo que los problemas de sus compañeros de guacal son exclusivos, particulares e ignorando que en algún momento pueden tocar su blanco y débil cascarón. La piedra sabe que los huevos divididos y temerosos son de su antojadizo manejo.

Los pocos polluelos que llegan a nacer son condenados a la autocensura y maginalización.

El huevo y la piedra se convierte en ley, con la excepción de las piedras que entienden que son guías, que las aulas son espacios de interacción y retroalimentación, que su papel es crear confianza y no condenar por sus irresponsabilidad a sus alumnos, que un maestro(a) está llamado a ser una gallina dispuesta a incubar estos futuros polluelos.

Superar el pleito del huevo y la piedra es poner los derechos del estudiante en práctica.


José R. Durán
joseduran.g@gmail.com

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